"A veces hay que estropear un poquito el cuadro para poder terminarlo"
(Eugène Delacroix)
Las grietas por donde entra la luz
Nos pasamos gran parte de la vida intentando hacerlo todo perfecto. Midiéndonos. Corrigiéndonos. Viviendo, muchas veces, en guerra con nosotros mismos. Como si equivocarnos nos hiciera menos válidos, menos dignos de amor. Y qué cansancio habitar un lugar donde nunca nada parece suficiente.
Con el tiempo he entendido que la perfección no nos acerca a la calma, nos aleja de ella. Porque en esa necesidad constante de control dejamos de permitirnos fallar, aprender, improvisar, ser humanos. Y, quizá, ahí está la verdadera belleza. En nuestras grietas. En nuestras contradicciones. En todo eso que intentamos esconder.
Quizá la vida no nos está pidiendo perfección. Sólo presencia. Hacer las cosas con verdad, con entrega, con el corazón abierto. No perfectamente. Plenamente.
“Los errores son alegres y la perfección es gris” ( Jorge Luis Borges).
Todos los besos.
(Alfred Victor de Vigny)
Buenos días
(Albert Camus)
El cielo todavía
Hay momentos en los que la vida deja de exigir explicaciones y basta simplemente con estar. Detenerse. Respirar. Volver, aunque sea por un instante, a esa parte de nosotros que todavía sabe mirar el mundo sin prisa y sin defensa. Quizá por eso conmueve tanto la imagen de alguien tendido frente al cielo...
Abandonarse un momento a la belleza sencilla de existir, dejar que el mundo nos roce sin intentar poseerlo ni comprenderlo del todo. Hay una forma de descanso profundo en esas pausas pequeñas en las que no falta nada, aunque nada extraordinario ocurra.
Tal vez la felicidad se parezca más a esos instantes silenciosos de presencia que a cualquier conquista. Echarnos, una y otra vez, entre las flores, frente al cielo, y recordar que todavía estamos aquí.
"...y nos echamos, una y otra vez, entre las flores, frente al cielo" (Rainer Maria Rilke)
Todos los besos
"El más pequeño acto de bondad vale más que la mayor intención"
(Khalil Gibran)
La bondad sin razones
Hay una forma de bondad que no responde a ninguna lógica clara, que no nace de grandes principios ni de ideas elevadas, sino de algo más sencillo y más hondo. Una bondad que aparece sin anunciarse, en lo cotidiano, en lo casi invisible, y que, sin embargo, deja una huella difícil de olvidar.
No es una bondad que busque ser vista ni reconocida. A menudo sucede sin testigos, en un gesto mínimo, en una palabra dicha a tiempo, en una forma de estar que no invade ni exige. Y quizá por eso conmueve: porque no intenta nada, porque no persigue nada.
Tiene algo de desproporcionado, incluso de incomprensible. Como si no encajara del todo en la lógica habitual con la que medimos las cosas. Y, sin embargo, es ahí donde reside su fuerza.
Tal vez no haga falta entenderla. Tal vez baste con reconocerla cuando aparece y, si es posible, no interrumpirla.
"Dichosos los que están atentos a las urgencias de los demás, sin sentirse indispensables" (Tomás Moro)
Todos los besos









