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"Solo aquellos que se arriesgan a ir demasiado lejos pueden descubrir hasta dónde pueden llegar"
(TS Elliot)
El dulce temblor de lo incierto
Huye de lo que te resulta cómodo. Olvídate de la seguridad. Vive donde temes vivir. Hay un susurro en estas palabras, como un viento que se cuela por los pliegues del alma y lo transforma todo. Crecer no es un acto ruidoso, es abrirse lentamente al temblor de lo desconocido, al vértigo suave donde late la vida.
Nos educaron para la certeza, para los bordes nítidos, para el suelo firme. Pero la vida florece en los márgenes, allí donde la duda tiembla como una llama. Entonces, la perplejidad, el asombro es la puerta a lo divino y, el miedo es un umbral, no un enemigo. Anaïs Nin lo dijo con la delicadeza de quien conoce el riesgo: “Y un día el riesgo de permanecer en un capullo fue más doloroso que el riesgo de florecer.”
Tal vez vivir donde temes no sea desafiar al abismo, sino acercarte a él con ternura. mirar la sombra y encontrar la luz que se filtra. Habitar esa incertidumbre como quien se adentra en un bosque al anochecer, con el pulso alerta, sí, pero también con la secreta certeza de que algo en ti sabe el camino.
"Huye de lo que te resulta cómodo. Olvídate de la seguridad. Vive donde temes vivir" (Yalad ad-Din Rumi)
(John Keats)
Lo bello en sí...
Dostoievski dijo que la humanidad puede vivir sin ciencia y sin pan, pero no sin belleza y, quizá tenía razón. Sin ella, el mundo perdería su sentido más íntimo. También Santo Tomás de Aquino afirmaba que lo bello es aquello cuya sola percepción agrada. Pero ese agrado no es superficial, es un brillo silencioso que las cosas poseen y que ilumina nuestra inteligencia y nos conmueve.
Cada experiencia estética es un momento en que algo nos detiene y nos asombra. No es casual que la antigua historia de Narciso nos advierta del peligro de quedarnos en la superficie, reducir la belleza a lo puramente visible es olvidar su verdadera raíz.
Para Plotino, la belleza no es solo algo que entra por los ojos, sino algo que el alma reconoce, como si recordara un origen más alto. Nace de la armonía, de la proporción, pero sobre todo de la cercanía con lo divino. Cuanto más participa algo de la unidad y la perfección, más bello se vuelve y, al contemplarlo, despertamos, aunque sea por un instante, a lo eterno que habita en nosotros. Plotino nos invita entonces a mirar hacia dentro, a esculpirnos como una obra de arte...quitar lo que sobra, pulir lo imperfecto, iluminar lo oscuro...no para parecer bellos, sino para llegar a serlo. Porque existe una belleza más alta, más verdadera, que no depende del cuerpo, sino del alma que se conoce, se ordena y se eleva.
Así, la belleza deja de ser algo que simplemente contemplamos y se convierte en un camino, una forma de regresar a nosotros mismos y, quizá, a aquello que nos trasciende."El amor nunca trae nada bueno. El amor siempre trae algo mejor"
(Roberto Bolaño)
Del amor...








